Foto de Mohamed Nohassi en Unsplash
El viento trajo una melodía a mi ventana, un sonido particular con susurros angelicales y murmullos acompasados detrás de instrumentos de viento y cuerda frotada. El viento me decía los misterios que vivían otros mundos, las risas femeninas junto las voces firmes de hombres valientes, los sueños de pequeños niños atravesando los portales de distintas dimensiones creadas y establecidas. Después de escuchar esa ráfaga tentadora el sol entró acariciando mi piel con sus rayos dorados, me asomé y reposé mis manos en esa ventana parlanchina volviéndome espectadora de aquellos ojos que me observaban desde lejos, una mirada melancólica y temerosa le daba a sus ojos un brillo distinto, pero insinuaban tras sus pupilas un sentido de posesión innato, miré su rostro agacharse similar a los cantantes de serenata coloniales y desvié la mirada más hacia el ocaso de sueños nuevos, me detuve en mis propios pensamientos de emancipación queriendo salir flotando por ese espacio hasta las nubes más cercanas y seguir, seguir hasta mundos gratificantes, de donde venían esas melodías y voces que mi corazón escuchó, en el camino abrazar sus fuertes brazos que me esperan pacientemente, pero mis venas se agitan y quieren dispersarse por todo el universo, porque quiero reposar un instante en tu cuerpo para luego seguir volando cada vez más y más lejos, suéltame por unos momentos amor mío que dentro de pocas horas el ocaso se volverá noche, me refugiaré de la lluvia de estrellas en tu cama cristalina.

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