Foto de Jean-Luc Crucifix en Unsplash
Andar por un colectivo hasta algún pueblo con una cabaña, chocolate y pastel, tan sencillo y caro a su vez, porque los pueblos mágicos tienen ese costo artesanal que los mantienen tan cuidados. Me gustaba ir a la Colonia Tovar en Caracas, pequeño pueblito mágico con alemanes y descendientes alemanes por Miranda en Venezuela, hay reliquias ahí como el abrigo negro de botones que compré y un libro sobre una alemana que se enamoró de un llanero venezolano, quienes se distinguen por ser machos alfas, aventureros y apasionados, andando por caballo cuan salvaje alma despierta bebiendo algunos sorbos de cerveza luego de haber pasado toda la tarde cortando madera. Los llanos recorren mis venas, cuando paseaba con mis padres rumbo hacia los Andes, la distinguida pieza de Luis Silva ''Romance Quinceañero''sonaba al inicio del tramo, trataba de una pequeña adolescente que se embarazó de un cantante, es una historia que siempre me enterneció. Un final trágico por supuesto, no es algo peculiar sabiendo como eran aquellos días los distinguidos terratenientes de los llanos. Doña Bárbara, distinguida novela de Rómulo Gallegos, me atreví a hacer mi tarea de teatro con el personaje de Marisela que hizo una famosa actriz colombiana, la usé tanto de referencia que no logré hacer el acento llanero perfecto, todavía no me sale, se me enrreda. Pero siguen ahí esos pueblos donde siempre veíamos los ríos bajo las autopistas, tan hermosos, esa Venezuela se la llevó el comunismo letal que aún presente sigue absorbiendo el alma que realmente nos pertenece a los verdaderos venezolanos.

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