Los momentos de sonrisa fugaces y las tentaciones eternas que carcomen los sentimientos del alma, la vacilación ante la modernidad, el deterioro de lo real se vuelve tangible. Los corazones laten esperando oportunidades que nunca llegan y los sueños se ven desvanecidos cuando la potente mirada de los otros inmiscuyen lentamente en tu realidad tratando de descifrar con egoísmo que no eres tan perfecto como te muestras. Pertenecemos al aire y el agua cuando penetra nuestras pieles, al cielo y al viento cuando ilumina nuestros pasos y aún así otros ojos nos encuentran y nos hacen entrar a mundos perdidos, aquellos que el cuerpo físico quiere descubrir pero el alma busca rechazar constantemente por la tan esperada llegada de la congregación celestial. Mi pequeña Lilith abraza su peluche cristalino, que se rompe en trozos derramando el líquido de mi inocencia cerca de la puerta de la siguiente habitación, aquella que murió en eventos engañosos y sorpresas evidentes tras las paredes del entorno, esa que aún quiere revitalizarse y regenerar sus trozos en un peluche nuevo de otro color, uno que no se pierda, no se olvide, no se rechace y se mire con desdén. Abrazo mis ilusiones una por una y se las regalo a mi ventana, le permito volar para que traiga a mis manos las herramientas dispersas por el mundo para encontrar la verdadera felicidad.

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