Hay un diluvio en este cielo lleno de agua de almas sintiendo aquello que resguardan todo el tiempo, hay un sentido de pertenencia en cada corazón, un anhelo escondido en lo profundo, y hay manos que tocan los pechos de esas vidas eternas para acoplarlos al calor de palmas divinas. Me he sentido parte del viento y he querido visitar cada morada de mis sueños, he recitado las prosas bajo un manto de brillo y debajo de la cosecha de nostalgia he repartido cada sueño a singulares personas cautivas. Aquellos días injustos retratan en el presente un ambiguo recordatorio para ti, has sepultado muy en el fondo de mi tierra las raíces que ahora están renaciendo, repartiste en mi jardín el agua que me hizo desarrollar aquello que tanto temías y no supiste cuidar. Ahora el cielo, testigo de mis noches de llanto le regala a los ángeles aquellas divinidades que percibieron en mi libro de vida el nuevo mundo creado por mi linaje, tal vez difícil, probablemente exhaustivo, pero es parte del mundo. Se dividen en partes aquellos hechos que formaron parte de nuestra historia para hacer de un libro el pergamino de un instante, el recuerdo de una dama oculta por el ojo frío de un caballero distante y el ruido de afuera de mujeres y hombres ansiando aquello que no encuentran detrás de sus puertas. Pero algo es seguro, somos un linaje de escritores, artistas, bailarines, cantantes; tan bohemios como el cielo de San Telmo y tan agitados como un Broadway estridente y mágico.
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