Foto de Arūnas Naujokas en Unsplash
Recuerdo aquel día de mi adolescencia en donde deliré por primera vez un diluvio de emociones entre mi primer amor y la segunda ilusión de mi vida. En mi mente corrían imágenes inventadas por mi mente como si millones de voces me hablaran aquellos días. Razón por la cual aquel escritor del que me enamoré usó mi imagen de musa para un cuento muy hermoso de una chica internada en un hospital. Siempre estuve protegida en el resguardo de mis padres en un país caótico y fui una historia centrada entre las puertas de una comunidad latina, ganándome el amor de señoras ancianas y los sueños lejanos de jóvenes que me veían tímida y taciturna. Hoy en día tengo la misma imagen de aquellos días en combinación con una madurez instantánea. Aún escucho esas voces pero las convierto en literatura, si bien, es una literatura muy ambigua, porque dejo que las letras vuelen por el teclado. Simplemente salen y salen volando sin ningún detenimiento y trato de ordenarlas en metáforas creadas por mi combinación particular para unir verbos y sustantivos. Cada vez que siento el sol imagino a los seres elementales volando por los árboles y llamándome para crear una historia que ellos me susurren. Así como escuchaba las cigarras en mi ciudad natal, aquí escucho las aves y la risa de pequeños niños socorriendo el pesar de viejos ancianos del barrio. Hay historias detrás de cada pueblerino y a mi siempre me ha gustado escucharles, siento que esos ancianos que se mueven en su silla mecedora tienen tanto para contarme del pasado de Buenos Aires y ese futuro en común que comparten por medio de sus intuiciones paternales. Cuando sorbo mate los recuerdos vuelven, el pasado regresa por la ventana y me dicta esa creación en hojas manuscritas para ojos atentos, sopeso un mañana sigilosamente, esa capacidad que tengo para sentir en el corazón lo que otros sienten me vuelve sensible y la única forma de calmarlo es dejarlo ser. Me permito seguir vislumbrando el mundo y hacerlo parte de mi cuaderno día a día, y recalcar en cada linea de el lo que percibe mi corazón. Lo que a gritos me dicen algunos pero no logro escuchar muy ágilmente porque mis otros sentidos tratan de explorar sus visiones en conexión con este mundo.

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