Foto de Brooke Cagle en Unsplash
Un lapso de aquí a la realidad latente, los pasos seguros de transeúntes decididos, los míos andando como el viento que entra cada momento con ráfagas que me llevan a mi destino. Me siento amada por el cielo, sus ojos y su tacto sereno, la risa de sus labios, el enojo de su sorpresa, la distancia que marcamos para respirar un poco y seguir, seguir caminando en este país, sintiendo el gran deseo de emancipación siempre recorriéndonos, somos dueños de nuestro reflejo, somos tan parecidos que yo al ser una estrella eres la misma reflejada en una transparencia remota, tenemos los mismos deseos perforando todas las raíces de los árboles queriendo nacer y brotar en el tiempo estas ideas remarcadas en mi mente, hay algo más renuente dispersándose al igual que las hojas otoñales cuando el viento las tira lejos de mis pasos. Tantos ojos encantaron mi corazón, unos más profundos que otros, otros más efímeros. En aquel Matsuri caraqueño que disfruté, fue el primer momento en que un joven japonés mestizo no dejaba de mirarme muy atento todo el tiempo mientras disfrutaba mi entrada a ese evento paulatino. Detrás del umbral de mi corazón la entrada está abierta a sentir, porque sentir te permite masajear tus propios deseos con caricias certeras y acogedoras, para sumergirte en ese placer que invade tu propia pertenencia con tu personalidad y tu cuerpo ansioso por vivir. También he visto como encantas y traspasaste mis mismas fronteras de encanto, porque lo eres, eres el encanto en persona, mi reflejo moviéndose con su sonrisa galante, pero tomando mi mano, poniendo en certificación que nos amamos y más allá del alba, gracias a Dios todos somos amados de alguna manera.

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