Foto de Taisiia Shestopal en Unsplash
Tomando mi humeante café, recosté mi espalda en la pared y te regalé una mirada admirante, tu postura firme mientras escribías en tu escritorio le obsequió a mi presencia una vista serena envuelta de encanto absoluto, te sonreí y me miraste con amor pidiendo que me acercara con soltura y alegría. Me senté en tus piernas y la misma sensación de reciprocidad congelaba en el tiempo un momento de nuestra presencia unida por los recuerdos acercándose cada segundo a mi mente. Tu piel tan suave y clara con un pasado lleno de muchos misterios y vivencias que te desarrollaron, te convirtieron en este hombre encantador que atrae todo tipo de miradas y me llenan de arrogancia cuando sé que soy tu principal espectadora y la dueña de tu corazón. Un momento cálido como mi café endulzado partiendo desde el día a día junto al confort de nuestras sensaciones. Aún recuerdo ese momento en que te encontré, tu cabello largo enmarcaba tu rostro en un aspecto varonil, como los asiáticos de las películas más viejas, cuando su esencia masculina estaba más llena de testosterona que despertaban en toda fémina su delicadeza seductora. La feminidad de la mujer y la masculinidad del hombre se complementan cuando enlazan de esa forma particular, la suavidad melancólica de las mujeres despierta un poder seductor y felino en los hombres, ese equilibrio en el mundo explica porque nuestros escenarios son tan chispeantes con fragancias de todos los olores y sabores. Mi simplicidad es opacada por lo variado de mis emociones, se expanden como las tormentas de agua y el sol caliente cuando es debido, unos hechos que escriben en nuestro libro eterno la conexión mágica de millones de vidas, cómo una canción que suelo cantar ''Fui la doncella que huyó en tu corcel O en la prehistoria yo te cubrí con mi piel'' Se siente muy fuerte ese estribillo en mi espíritu, nunca cesa, siempre está presente.

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