Las leyes pragmáticas de hombres y mujeres sin consciencia total desborda el hecho de que se vean hipócritas y no me interesen en absoluto, al igual que mi naturaleza salvaje que se aqueja todos los días de la oscuridad que no saben domar al no aceptar su lado animal. Así se mueven los sentidos de aquellos pueblos que sólo pudieron domar con armas de fuego, y por eso quienes las usaban eran aquellos que con sus gigantes panzas las derramaban sobre la mesa mientras los obreros esbeltos practicaban sus rutinas. Qué superficial me escucho cuando también los más esbeltos pueden ser los más crueles, por eso no considero que reprimirse en facetas de bondad sea real y certero, porque no conozco al primer ser humano que no le hormiguee una simple oscuridad natural tan pequeña, del tamaño de un guisante tratando de retratar una bondad simplemente creada por paradigmas de gentes con anhelos utópicos. En este mundo me muevo con la cara que muestro al frente de todos con total sutileza para poder almacenar en mi banco la prosperidad de un futuro conciso. Los budistas coexisten con la no dualidad, los más arraigados y apasionados con ello suelen luchar con el lado humano que por años trató de desapegar el príncipe ascendido, con otro nombre, y otro final de su propia transicción. Me veo siempre dispersa por mis letras, que se mueven y salen de mis manos una por una volando hasta un cuaderno o un dispositivo distinto, pero siempre se mueven singularmente, el momento certero en que vuelvo a escribir mi pasado es ese instante premeditado en este presente para concretar un hecho pausible digno de un mundo que ya no existe actualmente.

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