Foto de LOGAN WEAVER | @LGNWVR en Unsplash
Tomé una rosa al lado de mi cama para pasear sus pétalos suavemente sobre tu barbilla, tan lento como ese ligero camino que lleva hasta tu cuello, y sigue su rumbo curiosa y suavemente hasta tus hombros. Estaba hambrienta, tanto que la cena no fue suficiente, me mirabas serenamente sin emitir una palabra y yo sonreí pícaramente y te atraje a mi abrazo, en ese nido te contenía amablemente como te gustaba, entre mis alas como madre de un retoño, dejé que mi corazón latiera un poco más y besé tu cuello mientras nuestros latidos se acompasaban. Por dentro sentía el deseo que se ha resguardado durante años y sale a la luz dulce y salvajemente. Las caricias se fortificaron hasta un punto en que tomé el control, me puse encima de ti, y los cantos de la habitación se llenaron de placer. Veía tu rostro melancólico y a la vez sugerente, lleno de misterios y recuerdos, te acariciaba dulcemente mientras me movía y el cielo iba formando un color rosáceo como el amanecer de dos amantes de la India y un viaje certero a sus mundos mágicos.

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