Una bailarina retrataba en cada andar la música detrás de los poetas que realzaban la masculinidad de cada compositor de antaño, las gitanas que pertenecen al viento y al ritmo del cosmos daban vueltas alrededor de un fuego de Mayo contundente y crucial. Una fogata de vida con sufrimientos marcados detrás de sus pieles trigueñas bajo el encuentro con una luna llena que despertaba los instintos de cada flor de mayo viviente. Aquella bailarina disfrutaba esos precisos instantes donde cada articulación encontraba el momento perfecto para moverse al ritmo de un tempo, con movimientos, suaves, frenéticos y autoritarios. Los brazos guiados por el viento se suavizaban al dar vueltas, y los pies con tobilleras de plumas embriagaban el piso de la tierra con un contundente brillo femenino. Los tambores impetuosos no se detienen con frivolidad, a través de los licores del tiempo se mantienen constantes con la fuerza de hombres austeros y libres. La música y las pieles se mueven en sincronía con los elementos llamando a espíritus para distraerse del deterioro que provocó el pasado. Las cartas se mantienen guardadas, para edificar los portales a las dimensiones dictadas por las prominentes guerreras y el silencio se envuelve en un pueblo lejano donde el ruido a la distancia se niega a ser escuchado.

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