Foto de Josh Marshall en Unsplash
Sus mismos ojos seguían a través de la ventana mientras flotaba contando cada uno de sus pesares, aquel fantasma que diminuto deambulaba por mi hogar se sentó cerca de mi cama para volverme a susurrar.
— Es tiempo ...
—¿de qué? Pregunté.
— Allá en el firmamento te escuchan los demás, y buscan que te comuniques y hagas el trabajo que tanto te pedimos —.
Cerré mis ojos un momento pensando, que suelo sentir en mi corazón tantas emociones que me convierto en aquella esponja que uso para limpiar las suciedades del día, y por ello no sincronicé a la perfección con aquellas gentes que me aclaman.
— Un momento, necesito respirar un poco — Respondí
El tiempo se hace cada vez más largo y mi imaginación sigue perpetuando deseos que yacen en mi subconsciente cuentacuentos, tarareando melodías e historias que no perecen sino que quieren formar parte de una realidad dentro de su curiosa fantasía. Ahora la separación de la realidad a la fantasía es una linea tan diminuta que el regocijo de los corazones se alimenta a través de ella y el único detenimiento que tienen es conectar con la tierra...
Sentir la tierra bajo los pies, escuchar a las personas que andan por la calle, comprar un pequeño estímulo para el paladar, algún dulce o fruta y seguir tanteando en el piso la realidad que visible entra todo el tiempo a nuestra piel cuando los rayos solares perforan nuestros poros. La vida es así, un vaivén de sentimientos, emociones con personas cercanas que nos transmiten el amor que ya está pactado con la tierra y con los cimientos ya presentes desde hace millones de predicciones.

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