Foto de Sašo Tušar en Unsplash
Recuerdo
aquella noche en el cuarto pequeño, una madrugada de dolor enmascarado me hizo
amiga de un momento nocturno custodiado bajo mi cuarto pequeño, la lámpara de
sal comprendía bajo una luz mundana la sensación que vislumbré al asomarme en
la ventana y al observar el cielo, la noche embriagadora me manifestó las voces
de espíritus de brujas llamándome en mi rotundo silencio. El cielo imponente
dentro de unas pequeñas columnas terrestres y el ligero aullido de la noche
cuando las ventiscas nocturnas perforaban el interior de la habitación. Aquella
noche la sentí como millones de noches más atrás en mi Caracas natal. Pude
escuchar un grito de terror de una posible hermosa mujer, muy potente y lejano,
parecía una mujer que sufrió y sintió que era la única capaz de escucharla.
Pero no me permití oír más su voz para poder descansar. Aún así las brujas
daban vueltas encima de mi techo afirmándome que existían, detrás de los ojos
de los búhos que andan por el cielo, reposando sus garras sobre plantas de
vida. Como una conexión didáctica con ellas sigue presente en mi andar, aunque
haya elegido un camino más shintoista, sus leyes están en mi corazón y sus
recuerdos pertenecen siempre a mi pasado.

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